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El Hocicón
Opinión y análisis

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Objetividad ante todo. Las mejores plumas están con El Hocicón

¡Palestina existe!

Israel desarrolla una estrategia perfectamente planificada de ocupación y desalojo de Palestina, y la llamada comunidad internacional emite, como mucho, algunas quejas retóricas en las que sitúa al agresor y al agredido en el mismo plano. Eso cuando no se refiere en términos más duros y conminativos a la resistencia palestina (calificada de «terrorista», sin matiz de ningún tipo) que a la acción criminal del Estado sionista, de la que sólo deplora sus «excesos», como si toda su política genocida no fuera en sí misma un intolerable y aberrante exceso. Con el apoyo material de los Estados Unidos de América, que le proporcionan cuantas armas, dinero y cobertura estratégica necesita, Israel se permite desdeñar la legislación internacional ?la Convención de Ginebra, muy destacadamente? y pasar por alto todas las resoluciones de las Naciones Unidas sobre el conflicto.
Un conjunto de destacados escritores, historiadores y analistas (el novelista y Premio Nobel portugués José Saramago, el lingüista norteamericano Noam Chomsky, el sociólogo ?también norteamericano? James Petras, el escritor palestino?neoyorquino Edward W. Said, profesor de Literatura en la Columbia University, el español Alberto Piris, general de Artillería en la reserva y analista del Centro de Investigación para la Paz, y Antoni Segura, catedrático de la Universidad de Barcelona y especialista en el mundo árabe), proporcionan en este libro de urgencia un conjunto de claves, datos, análisis y reflexiones fundamentales para la comprensión cabal de este conflicto.
Javier Ortiz ha intervenido en la gestación de este libro de tres modos. Como responsable de Ediciones Foca, se planteó la posibilidad de realizarlo, seleccionó los textos y coordinó su edición. Le añadió además un prólogo relativamente extenso. En fin, suyo fue el cuestionario al que respondió José Saramago por escrito, confiriendo a la intervención del Premio Nobel en esta obra un formato 2más aparente que real" de entrevista.

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El irresistible declive de José María Aznar
Javier Ortiz

Soplan malos vientos para José María Aznar. Un buen puñado de sus tradicionales aduladores mediáticos ha empezado a distanciarse de él. El uno lo llama engreído; el otro, antipático; el de más allá, soberbio. El día menos pensado, cualquiera de ellos se lanza, atraviesa el Rubicón y se sincera escribiendo sobre las verdaderas luces intelectuales del personaje. Ya sólo faltará entonces que tal o cual ex compañero de viaje dé cuenta de su gusto por los chistes rijosos de su machismo intrínsecamente zafio y que otro revele que, además, hace trampas cuando juega al pádel, apuntándose tantos que no ha hecho.
Escribía el otro día Raúl del Pozo que Aznar le ha defraudado. Me sorprendió la confesión. Supongo que en el pecado está la penitencia. No entiendo cómo pudo confiar en él. A mí, el actual jefe de Gobierno me produjo un profundo desagrado desde el mismo día que lo conocí, cuando todavía estaba en la oposición. Podría decirse que lo nuestro fue un desamor a primera vista, porque él tampoco hizo nada por ocultar el disgusto que le causó mi persona. Vi en él a un tipo patológicamente calculador, abrumado por un amasijo de complejos que trataba de neutralizar con una soberbia jesuítica, apenas disimulada. Carne de diván.
Recuerdo que dije: «Presenta un cuadro clínico muy similar al de Stalin. Otro burócrata gris peligrosamente rencoroso. Se le parece hasta en su obsesión por utilizar métodos oscuros para librarse de posibles rivales dentro de su propio partido. Las circunstancias históricas son muy diferentes, por fortuna, pero el cuadro clínico es prácticamente el mismo». Federico Jiménez Losantos, que me oyó por entonces decir eso, montó en cólera. «¡Qué disparate!», clamó. Pero yo no bromeaba en absoluto. Dediqué tres años de mi vida a estudiar la vida y la obra de Stalin. Me conozco el género.
Me equivoqué con Aznar en una cosa: le atribuí más conciencia de sus limitaciones de la que ha demostrado tener. Di por hecho que alentaría ciertas dosis de realismo, y que sería consciente de que no nació ni para rivalizar con Castelar en la oratoria, ni con De Gaulle en la grandeur, ni con Churchill en el ingenio, ni con Lao Tse en el sentido estratégico. Que, en consecuencia, se apoyaría en el trabajo de equipo mucho más que sus antecesores. Erré. A nada que pudo, corrió a subirse a la invisible torre de marfil de la Moncloa y empezó a mirar con desdén al resto de sus conciudadanos, convencido de que nadie le llegaba ni a la suela de los zapatos (lo cual era verdad, pero sólo por la altura a la que él mismo se había encaramado).
Esas cosas se pagan. Porque, a la larga, acaban trasluciéndose. Y no sólo resultan muy desagradables, sino también inquietantes. Pasó lo mismo con Suárez y con González. Llega un momento en el que hasta los más cercanos acaban por mosquearse con el habitante del Olimpo, cansados de tener que interpretar sus gestos enigmáticos, hartos de sus decisiones inexplicadas cuando no inexplicables, abochornados de bailar a diario cara al público al son de sus particularísimas filias y fobias.
Con dos inconvenientes en el caso de Aznar, que no tuvieron ni Suárez ni González. Primer inconveniente: los otros llegaron a ser de una petulancia insoportable, pero por lo menos eran algo. Tenían ciertas dotes. Algunas de ellas de problemática virtud, sin duda, pero dotes. No trataron de crearse un cesarismo ex nihilo. Segundo y principal: los otros no anunciaron que se iban hasta que se fueron. Éste pretende que le adore ciegamente una cohorte que sabe que dentro de unos meses ya no será el que mande. Mala cosa para él.
Pronostico que, a partir de ahora, ritos al margen, Aznar va a verse cada vez más solo, menos respetado, menos obedecido, más desdeñado. Lo que no me atrevo a pronosticar es cómo reaccionará él ante eso. Me temo lo peor.

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